El
15 de noviembre de 1922 en una protesta en la ciudad de Guayaquil
derivó en una masacre de obreros. Los cadáveres de muchos
ciudadanos que protestaban fueron lanzados al río Guayas.
Reseña
histórica
La
noche del 13 de noviembre encontró a Guayaquil a oscuras. El único
alumbrado era el de los reflectores de varios buques en el río
Guayas. Había paro en la Planta Eléctrica y en la de Gas. La
Asamblea General de Trabajadores de Guayaquil, que incluía a
tipógrafos y voceadores, había decidido que los periódicos salgan
por última vez el amanecer siguiente.
Tampoco
trabajaron los conductores de carros urbanos, los del ferrocarril,
las fábricas, piladoras, la cervecería, la jabonería y los
aserríos del sur de esta ciudad que, en ese año (1922), tenía un
aroma a agua dulce. Todos plegaron en paro, entusiasmados por la
victoria conseguida por la protesta de los obreros ferroviarios, en
el mes anterior.
Al
escenario histórico de aquel convulsionado momento social concurrían
varios elementos económicos y políticos: el precio del cacao,
principal producto de exportación, cayó de 26 a 9 centavos en dos
años. Además, los trabajadores ecuatorianos alcanzaron protagonismo
tras el establecimiento de ciertas empresas, y el pensamiento
socialista influyó en Latinoamérica tras la Revolución Rusa de
1917.
Guillermo
Arosemena, subdirector del Archivo Histórico de Guayaquil, sostiene
que el origen de la protesta fue una grave crisis económica. "Todo
comenzó por el alza de los precios y las importaciones, a la que se
sumó un pesado componente político. Algunos opositores utilizaron
el caos que se vivía como plataforma política, caldeando los
ánimos", dijo.
A
las dos de la tarde del martes 14 de noviembre de 1922, más de
treinta mil obreros huelguistas desfilaron hacia la Gobernación, y
le entregaron a Jorge Pareja, el gobernador, un manifiesto con sus
peticiones. Determinaron un plazo de 24 horas para la respuesta del
presidente José Luis Tamayo.
Al
amanecer del 15, una marcha compuesta por cerca de treinta mil
personas acudió a la Gobernación. Se vencía el plazo y el
presidente Tamayo, mediante decreto, dictó medidas económicas pero
nada dijo sobre la situación de los obreros. Aun así, los
dirigentes del paro concedieron 24 horas más.
Trujillo
anunció que había conseguido obtener del Gobernador de la Provincia
la liberación de algunos huelguistas aprehendidos el día anterior.
"La gente avanzó hasta la Policía –relata Jorge Ponguillo–
para sacar a esos compañeros, pero los milicos que habían llegado
desde antes empezaron con el fuego, porque se asustaron al observar
tanta gente a su alrededor".
Aproximadamente
a las dos de la tarde, los miembros de la Policía, apostados en la
avenida Olmedo –desde Eloy Alfaro hasta Chimborazo– empezaron a
disparar a la turba. El batallón Vencedores se colocó en guerrillas
desde su cuartel situado en Pedro Moncayo y 9 de Octubre, hasta
Chanduy (hoy García Avilés). Los soldados, desde el edificio de la
Zona Militar y tras los puntales de las casas, buscaban a los de la
revuelta. En Nueve de Octubre entre Chimborazo y Chanduy enfrentaban
a los civiles.
El
batallón Marañón se encontraba entre los manifestantes en Pedro
Carbo y Clemente Ballén. Avanzaba hasta la avenida Olmedo, junto a
los obreros. Cada soldado estaba rodeado por 20 o 30 personas. La
situación se les iba de las manos. Dispararon.
Las
primeras víctimas fueron los huelguistas que se distinguían por su
ropa de trabajo, las obreras con banderas rojas del comité femenino
Rosa Luxemburgo. Cientos de personas corrieron a la calle Pichincha
para saquear almacenes de armas.
"Un
grupo de 25 hombres entró al almacén Casinelli Hermanos, pero un
destacamento del Cazadores de los Ríos, los cercó y los fusiló. 51
disparos, 25 asesinados. Esos cadáveres fueron lanzados al agua de
la ría Guayas por el muro del Malecón y Mejía", describe
Alejo Capelo en su obra.
El
fuego apagó la rebelión popular. Por Guayaquil corría sangre de
panaderos, empleadas, vagoneros, cocineras, lavanderas, carpinteros,
estibadores y vaporinos. También murieron ancianos y niños. La
prensa registró los nombres de 80 hombres y 14 mujeres asesinados.
Se sumaron a ellos los de los almacenes y los recogidos en la calle
sin identificar, que fueron lanzados a la ría o al zanjón del
cementerio general. Hubo casi 200 heridos. Los disparos que acabaron
con la manifestación llenaron el centro de la ciudad por más de una
hora.
Tras
el caos, el general Enrique Barriga, jefe de Zona, reconoció
públicamente: "Soy yo el responsable de estos terribles
sucesos", según el libro de Alejo Capelo.
Esta
situación se pudo evitar, a criterio del historiador Efrén Avilés
Pino, si el gobierno hubiera atendido prontamente los reclamos de los
trabajadores y "si no hubieran aparecido los dizque heroicos y
sacrificados dirigentes politiqueros". El 15 de noviembre de
1922 tuvo incidencia fundamental, tres años más tarde, en la
revolución juliana, afirma Avilés.


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